Ha pasado un mes, Sonia se ha ido a un viaje de intercambio, se ofreció voluntaria a irse en cuanto se enteró de la oferta escolar, y la verdad, no me sorprende; Esther e Iván ya lo han hecho público y pasean por la escuela como una pareja acaramelada, Isabel y Lucy siguen igual que siempre y han hecho una nueva amiga, Niko.
Ella es una chica medianamente alta, con un pelo negro como la pizarra y muy largo, de corte limpio y recto.
Nathely es bastante seria y habla poco al principio, pero cuando está entre amigas no hay quien la tome en serio, y a Ana no le molesta! Es solo que...ella parece la más seria de todas, y se siente como si arruinara el ambiente, fuera de lugar.
Por eso sigue marginándose en el patio.
Recuerda que sus sentimientos hacia Iván la traicionaron y sufría cuando los veía juntos.
Sentía odio y envidia hacia Esther, no soportaba verlos juntos, se sentía traicionada, y recordaba el dolor de Sonia cada vez que la veía a ella feliz.
Así iba mientras se dirigían a comer, enfadada e insoportable.
Iván era su amigo, y ahora ya nunca sería el mismo, ella lo había cambiado todo.
Ella, quien sentía que le miraba por encima del hombro, una chica delgada y bella, perfecta en absolutamente todo, ¿esque nunca podría superarla?
Cada vez que la veía, caía en cuenta que Iván tenía el listón demasiado alto como para poder entrar en su corazón, la valla era demasiado alta, demasiado difícil de trepar, ella y su amiga habían pasado un tiempo tratando de agarrarse a ella y avanzar, tan sólo ver cómo pasaban sobre su cabeza y agarraban el borde, empujándolas a ambas hacia el suelo, eso le partía el corazón.
Ciertamente Esther nunca le había hecho nada malo, simplemente Iván la amaba a ella, a ella.
Ella sabía hacer de todo, era la mejor estudiante de la clase, tenía un hermoso cuerpo con unas delgadas piernas y un vientre plano con dos lunares junto a su ombligo, un cabello largo, sedoso y castaño con mechas rubias, unos ojos oscuros de brillos fugaces y atrevidos, y a la vez, una mirada tímida y melancólica, ella era tímida pero alegre, atractiva y fiel, amaba la naturaleza y vestía ropa sencilla, pero con un toque hippie y sexy a la vez, tocaba el piano y su voz era melodiosa y además dibujaba bien, toda una artista y estaba rodeada de amigos.
Y en clase de baile, estaba seria, pero sus movimientos eran hermosos, ágiles y, prácticamente, perfectos, de hecho, ¿acaso había algo que no lo fuera en ella?
Era, sin duda, la perfección personificada.
Además, Esther no parecía demasiado enamorada, es decir, ella siempre había hablado de un novio, era básicamente lo que la completaría, e ván era perfecto; simpático, divertido, guapo y popular.
Dos personas así no podían enamorarse, no era como en las series de la tele, algo fallaba.
Era un mero interés superficial.
Eso pensaba.
Pero todo cambió un día, un fatídico día.
Iba de camino a clase, cuando de repente se cruzó con Esther en el metro, ella tenía una mirada vacía.
Y triste, muy triste.
La miró desorientada y Ana apartó la vista, se sentó en el asiento y miró al suelo.
Poco después, unos zapatos se colocaron frente a sus pies, y al alzar la cabeza, se vio cara a cara con aquella torre de virtudes, pudo sentir como se desmoronaba.
-Oye Ana, ¿podemos hablar?
Dijo tímidamente.
Ana no sabía qué decir, Esther estaba a punto de echarse a llorar, pero, ¿por qué?
-No se si estoy haciendo lo correcto, algunas amigas mías me miran mal ahora que tengo novio, y no lo entiendo, me critican, y creo que eso podría distanciar a Iván, además,¿ y si es sólo un capricho del corazón...?
¿Por qué ahora? ¿Por qué Esther? Y sobretodo, ¿Por qué a ella?
-Tú siempre estás ahí conmigo, se que no nos conocemos demasiado pero dame consejo, o, no sé que debo hacer...
Los sentimientos se descontrolaron en su estómago, la furia, la rabia y la confusión luchaban por salir, pero en aquella batalla sólo hubo un posible vencedor.
La compasión.
Ana simplemente la abrazó, y dijo lo típico; "todo está bien", "no pasa nada".
La distrajo, le preguntó sobre clase, sobre sus gustos, y, empezó a rebuscar, le preguntó sobre Iván y su relación, cuando quedaban y qué hacían, etc.
Esther hablaba y hablaba sin parar, nunca la había visto hablar tanto, suele ser más callada.
Cada vez más animada, le habló de su primer beso, sus citas, y demás.
Finalmente, ya en la entrada del colegio, le preguntó una cosa.
-Esther.¿A ti te gusta Iván?
Esther se quedó en silencio un momento, después, sonrió y dijo, llena de decisión y sin ninguna duda.
-¡Sí!
Le agradeció la charla y se fue corriendo para no llegar tarde a clase.
Ana se quedó ahí de pie, sin saber qué decir, nunca pensó que podría ser capaz de poner una tirita en aquella armadura impenetrable y modelo.
Pero al recordar la mirada de emoción, el cómo sonreía tontamente y sus ojos brillantes, como los de una niña pequeña, pudo reconocer, el amor.
Esos dos estaban realmente enamorados.
La culpa la llenó por dentro y le entraron ganas de llorar.
¿Cómo había podido pensar así de ella?
Ciertamente Esther era una buena persona, ella no, ella era un ser horrible que no merecía mas que sufrimiento y escarmiento.
Era una masa amorfa llena de defectos, se odiaba así misma.
Entró en clase, y, como de costumbre, nadie le prestaba atención, pero eso le daba igual. ya estaba acostumbrada, se echó sobre la mesa y trató de no llorar.
A los pocos segundos, notó que una mano estaba jugando con su cabello, pero no quiso ni levantar la mirada, quienquiera que fuera, estaba destrozándole la trenza que tanto le había costado a su madre hacerle, aunque eso también le daba igual.
Implemente disfrutó del masaje y se trató de relajar, aun sin saber quien era el autor de su consuelo.
Entre su flequillo distinguió un cuerpo robusto de hombros ensanchados y una melena oscura que acaparaba partes del rostro, y entrevió unos ojos castaños con un toque color miel y unas pequeñas ojeras que se marcaban debajo de éstos.
Conocía ese rostro inexpresivo.
-¿Qué estás haciendo...?
Él no le respondió, estaba distraído mirando a la ventana, y a ella le dio igual, siguió recostada y lamentándose.
Total, no tenía nada mejor que hacer.
Al acabar las clases parecía que el hubiese contado todos y cada uno de sus cabellos, ella estaba dormida y la profesora tenía un enfado de narices.
Cuando Ana despertó y vio su expresión, agarró al chico de la mano y a su mochila con la otra y se fueron rápidamente de allí.
Su cara estaba roja de vergüenza.
-¿Por qué no me has despertado?
Él no respondió, se limitó a sonreír, lo que hizo que ella se enfadara aún más y le apretara más fuerta la mano.
Finalmente llegaron cerca de un río y ambos se sentaron a descansar.
Estuvieron unos minutos en silencio, hasta que ella lo rompió.
-Gracias, se que no te habrás dado cuenta, pero me has ayudado.
Él la miró de reojo, y después dirigió sus ojos al río de nuevo.
Hubo de nuevo silencio.
Se oía el sonido del agua chocando contra el caudal, y la corriente formaba pequeños remolinos, de fondo sonaba el murmullo de la ciudad que seguía su curso, y el tiempo pasaba.
No era un silencio incómodo, disfrutaron unos segundos la situación y el lugar.
Después, él la miró con sus ojos color miel, ojos dulces y empalagosos, tiernos y con un brillo vivo.
Todo lo contrario a sus labios inexpresivos, que se movían al son de unas palabras que no salían.
-¿Qué pasa?
-...
-Si es sobre lo de clase...
-Por qué estabas llorando.
No tanto la pregunta, sinó la voz, eso la pilló por sorpresa.
-Pero..si no estaba..llorando.
Era una voz suave, suave y varonil, increíblemente tranquila.
No era para nada como la había imaginado.
-Ahora que lo pienso...tú eras el de la ventana el otro día...y el del metro.
Él guardo silencio, volvió a mirar al río.
Ana sonrió un poco.
-Oye.
Preguntó, buscando la atención el chico.
-Soy Ana.
Aunque a él no pareció importarle, notó un brillo de confianza en los ojos de aquel chico.
-¿Cómo te llamas?
No le respondió en seguida, se limitó a observar el agua y las casas de la ciudad, y a disfrutar del momento, o eso creía ella, aunque no le había visto expresar la más mínima sensación desde que lo conoció, y esos ojos no concordaban con esa cara, esa mirada,a la vez fría e inexpresiva como viva y llena de emociones.
Por ello, de nuevo, esa serena voz llamó su atención.
-Me llamo Niko.

